Considero imposible pensar esta cuestión sin relacionarla con otra más general: ¿qué comunidades cristianas quiero?
Considero imposible pensar esta cuestión sin relacionarla con otra más general: ¿qué comunidades cristianas quiero?
Atrás queda esa imagen del cura distante, sólo, sabio, que no necesitaba de los demás.
Llamados de entre los hombres, deben vivir como hermanos con los hombres a imagen de Crísto.
Es preferible que hablen de lo que entienden, no sólo porque así acertarán sino también porque es lo que esperan de ellos los fieles.
Entra hacia adentro, que la música, la mesa, la luz, la palabra, la paz, el canto y la risa son tuyas y son nuestras.
Las cataratas no ocultan su esplendor. Aparecen como un sagrado altar al agua para toda la eternidad.
Sin pretender abarcar toda la amplitud del tema, limitaré mi respuesta a dos ejes fundamentales. La tarea del cura para con los laicos y las opciones pastorales, consciente de que muchos otros quedan en el tintero.
Mi aportación nace de la ilusión y de la esperanza. También del sentido fraternal que permite decir las cosas con amor, sin pretender manipular a nadie.
Cada vez que releo el Nuevo Testamento, me doy cuenta de que el protagonista de esos libros es un magnífico retrato del sacerdote, del cura que yo quiero.
El mejor servicio que los curas pueden hacer a la fe propia y ajena es vivir con entusiasmo su vocación por el Reino. En la medida en que la viven, también las comunidades somos más fraternales, más evangelizadoras y más creativas.
Me gusta ver al sacerdote como uno más de la comunidad que, por formación y carisma, ayuda a que crezca y vaya hacia adelante el grupo.
Ana de Felipe (economista) | Lunes 11 de Junio del 2007